Edith Stein nació en Breslau (hoy Wrocław, Polonia) el 12 de octubre de 1891, el día en que su familia celebraba el Yom Kipur, la gran fiesta judía de la expiación. Era la menor de once hermanos. Su padre murió cuando ella tenía dos años, y su madre, una mujer de fe profunda, sacó adelante sola el negocio familiar de maderas y a sus hijos.
Una atea en busca de la verdad
A los catorce años Edith dejó de rezar. Ella misma contaría después que, de manera consciente y deliberada, había abandonado la fe. Pero no dejó de buscar: su pasión era la verdad, y la buscó en la filosofía. Estudió en Breslau y en Gotinga, donde se convirtió en discípula de Edmund Husserl, el padre de la fenomenología, que la eligió después como asistente. En 1916 se doctoró con una tesis sobre la empatía, con la máxima calificación. Era una de las primeras mujeres doctoras en filosofía de Alemania.
En aquel ambiente conoció a pensadores que se habían hecho cristianos, como Max Scheler, y empezó a descubrir que la fe podía ser algo serio para una inteligencia exigente.
El primer encuentro con la cruz
En 1917 murió en el frente de Flandes Adolf Reinach, profesor y amigo suyo. Edith fue a casa de su viuda, Anna, para ayudarla a ordenar sus papeles, esperando encontrar a una mujer destrozada. Encontró a una mujer serena, sostenida por la fe en Cristo. Años después diría que aquel fue su primer encuentro con la cruz y con la fuerza divina que da a quienes la llevan: allí vio a la Iglesia nacida de la Pasión de Cristo, victoriosa sobre el aguijón de la muerte.
«Esto es la verdad»
En el verano de 1921 pasaba unos días en Bergzabern, en casa de su amiga la filósofa Hedwig Conrad-Martius. Una noche, sola, tomó de la biblioteca un libro al azar: el Libro de la Vida de santa Teresa de Jesús. Empezó a leer y no pudo dejarlo hasta el amanecer. Al cerrarlo, dijo: «Esto es la verdad».
La que había buscado la verdad en los libros de filosofía la encontró en el relato de una monja castellana del siglo XVI que hablaba con Dios como con un amigo. Al día siguiente compró un catecismo y un misal. Semanas después se presentó a un sacerdote para pedir el bautismo, y cuando este le dijo que necesitaba preparación, ella le pidió que la examinara.
Fue bautizada el 1 de enero de 1922. Tomó el nombre de Teresa.
Del aula al Carmelo
Durante diez años enseñó en un colegio de dominicas en Espira, dio conferencias por toda Europa sobre la mujer y la educación, y tradujo a santo Tomás de Aquino. Nunca renegó de su pueblo: se sentía más unida que nunca a él, ahora también por la sangre de Cristo. En 1933, con la llegada de los nazis al poder, perdió su puesto de profesora por ser judía. Ese mismo año entró en el Carmelo de Colonia y tomó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz: «bendecida por la cruz».
Auschwitz
A finales de 1938 la trasladaron al Carmelo de Echt, en Holanda, para protegerla. Allí escribió su última gran obra, La ciencia de la cruz, sobre san Juan de la Cruz. En 1942, en represalia por una carta de los obispos holandeses contra la persecución de los judíos, la Gestapo detuvo a los católicos de origen judío. El 2 de agosto se la llevaron junto a su hermana Rosa, también convertida. Al salir del convento, tomó a Rosa de la mano y le dijo: «Ven, vamos por nuestro pueblo».
Murió en la cámara de gas de Auschwitz-Birkenau el 9 de agosto de 1942. San Juan Pablo II la canonizó en 1998 y un año después la proclamó copatrona de Europa.