Retrato de San Pablo

San Pablo

Saulo de Tarso, en el camino de Damasco

«Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2,20).

Fariseo y apóstol · c. 5 - c. 67 · 3 min de lectura

Saulo nació en Tarso de Cilicia, en la actual Turquía, en una familia judía de la tribu de Benjamín que tenía, además, la ciudadanía romana. Se educó en Jerusalén «a los pies de Gamaliel» (Hch 22,3), uno de los maestros más respetados de su tiempo, y se hizo fariseo: estricto en la Ley, celoso de las tradiciones de sus padres y convencido de que aquella nueva secta que seguía a un galileo crucificado era un peligro para Israel.

El perseguidor

La primera vez que aparece en la Escritura está de pie, guardando los mantos de quienes apedrean a Esteban, el primer mártir (Hch 7,58). «Saulo aprobaba su muerte», dice Lucas. Desde entonces se entregó a perseguir a la Iglesia: entraba en las casas, sacaba a hombres y mujeres y los llevaba a la cárcel. Él mismo lo recordará años después sin disimulo: «Perseguía encarnizadamente a la Iglesia de Dios y la asolaba» (Ga 1,13).

Con cartas del sumo sacerdote, se puso en camino hacia Damasco para detener allí a los que seguían «el Camino» y traerlos presos a Jerusalén.

El camino de Damasco

Cerca ya de la ciudad, hacia el mediodía, una luz del cielo, más brillante que el sol, lo envolvió a él y a los que iban con él. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía en hebreo:

«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» —¿Quién eres, Señor? «Yo soy Jesús, a quien tú persigues.»

En esa respuesta está toda su conversión. Saulo creía perseguir a unos herejes, y descubre que perseguía a Alguien vivo, que se identifica con los suyos hasta el punto de decir «me persigues». El crucificado al que despreciaba no estaba muerto: le hablaba.

Se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano a Damasco, y estuvo tres días sin ver, sin comer y sin beber.

Ananías

En Damasco vivía un discípulo llamado Ananías. El Señor le pidió en una visión que fuera a buscar a Saulo, y Ananías se resistió: conocía muy bien la fama de aquel hombre. La respuesta del Señor cambia la historia de la Iglesia: «Ve, porque este es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a los pueblos» (Hch 9,15).

Ananías entró en la casa, le impuso las manos y lo llamó «hermano Saulo». Al instante se le cayeron de los ojos como escamas y recobró la vista. Se levantó, fue bautizado, comió y recuperó las fuerzas. Y enseguida empezó a predicar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios, ante el asombro de quienes sabían a qué había venido.

«Ya no vivo yo»

Pablo nunca contó su conversión como una conquista propia, sino como una gracia que no merecía: Dios «me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia» y «tuvo a bien revelar en mí a su Hijo» (Ga 1,15-16). Todo lo que antes consideraba ganancia —su linaje, su celo, su justicia según la Ley— lo llegó a tener por pérdida «comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Flp 3,7-8).

El perseguidor se convirtió en el apóstol de los gentiles. Recorrió miles de kilómetros por Asia Menor, Grecia y el Mediterráneo, fundó comunidades en Filipos, Tesalónica, Corinto o Éfeso, les escribió las cartas que hoy leemos en la misa, y sufrió cárceles, azotes, naufragios y hambre por anunciar al mismo Jesús al que un día quiso borrar. Murió mártir en Roma, hacia el año 67, en tiempos de Nerón.

Su vida entera cabe en una frase que escribió a los gálatas: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20).