A la Virgen
iiiMagnificat (Lucas 1,46-55)
El Magnificat no es el cántico de aquellos a los que sonríe la fortuna, sino que es más bien el agradecimiento de quien conoce los dramas de la vida, pero que confía en la obra redentora de Dios. En el Magnificat escuchamos la voz de los santos y santas que han gastado su vida a favor de los enfermos y de los que sufren. La Iglesia, como María, custodia dentro de sí los dramas del hombre y el consuelo de Dios, los tiene juntos, a lo largo de la peregrinación de la historia. A través de los siglos, la Iglesia muestra los signos del amor de Dios, que continua obrando grandes cosas en las personas humildes y sencillas. (Benedicto XVI, con motivo de la Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes)
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
como lo había prometido a nuestros padres
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.